Ainhoa Arteta
75 Aniversario de IDEAL UNA perla negra como regalo de aniversario. Una joya de voz para cantar a IDEAL su cumpleaños feliz. Una soprano prodigiosa, acompañada de una orquesta rotunda, para una noche tan señalada. Con su traje negro y su figura esbelta, Ainhoa desplegó todos los colores de la noche y todos los volúmenes de su timbrada voz; una voz que empapó el aire primaveral de esa sensación de calidad interpretativa y de estilo personal que muy pocos artistas logran conseguir
UNA perla negra como regalo de aniversario. Una joya de voz para cantar a IDEAL su cumpleaños feliz. Una soprano prodigiosa, acompañada de una orquesta rotunda, para una noche tan señalada. Con su traje negro y su figura esbelta, Ainhoa desplegó todos los colores de la noche y todos los volúmenes de su timbrada voz; una voz que empapó el aire primaveral de esa sensación de calidad interpretativa y de estilo personal que muy pocos artistas logran conseguir. Los asistentes lo percibieron enseguida y, al final, premiaron a la artista con una de las más sonoras y largas ovaciones que se han escuchado recientemente en el Manuel de Falla. Con Mozart comenzó su dispendio de sensaciones, siempre contenida, esperando el balanceo de la orquesta y los fraseos del clarinete, para llevar su vibrato muy atrás, hacia zonas guturales, que ensombrecían simbólicamente el aria de la condesa, en "Le nozze di Figaro". Con Bellini oímos una Giuilietta matizada y muy dramática, con una impresionante teatralización del personaje: manos juntas, palmas abiertas, muñecas sin joyas que distraigan, brazos sin mangas que oculten, y en la voz un amago de nasalidad que le daba cuerpo y miel a la enamorada, en uno de los instantes más trágicos de la ópera. No menos dramatismo le imprimió a la Mimí o a la Liú, de Puccini. Para ellas Ainhoa reservó un inaudito diálogo con el arpa, sereno pero de una tensión angustiosa, un juego vocal casi de opereta, para demostrar la anchura de su registro y un metal sin violencia, que baja hacia tesituras en las que a otras les falta el aire pero a ella le sobra pasión. En sus antípodas escalares, varias líneas por encima del pentagrama, su voz no es chillona ni se doblega al falsete, sino que mantiene la delicadeza que la caracteriza y la penetrante densidad de la que hizo gala toda la noche. Por escoger arias breves y de pocas óperas, no se le notó ni un átomo de cansancio y eso permitió llegar a ese momento mágico y sublime que fue su prodigiosa interpretación de "O mio babino caro" de la ópera "Gianni Schicchi", también de Puccini. Lástima que uno de los bises no fuese para música española. La Orquesta de Szeged se comportó como la compañera ideal para la ópera: sonora y rimbombante en las oberturas, melodiosa y contenida en los intermedios y más queda y expresiva cuando ha de acompañar a la voz humana, Es una orquesta de las llamadas "del Este", con resabios sonoros de las viejas orquestas rusas, pero con mucho contagio de Viena y de sus alrededores. Se nota en su cuerda compacta pero dúctil: sólida para el arpegio marcial de Verdi y melodiosa para el adorno pucciniano; asimismo se percibe en su metal: brillante en la fanfarria y hercúleo en la apoyatura. Emergen solistas de categoría: el violonchelo en "Manon", el pícolo en "Don Pasquale", la trompa, distraída y desatinada por un teléfono móvil, en "I Capuleti". La sonrisa de un director También se le notó a Miguel Ángel su acerada destreza en dirigir este tipo de orquestas de ópera. Es con ellas con las que trabajó mucho tiempo en Centroeuropa y las conoce a la perfección. Sabe solicitar cada timbre en el momento preciso, marcar cada compás con su batuta tensa y nerviosa, matizar con la mano izquierda, más sugerente que desencajada, esperar a que Ainhoa respire o termine su aleteo canoro y dialogar con los músicos mediante su gesto, siempre salpicado de una sonrisa, más conquistadora de armonías que los gestos adustos de otros directores. De esta guisa, director y orquesta llegaron al lógico acuerdo del sincretismo, de forma que la sonoridad del conjunto sirviese para un amplio rango secular. Es decir, que sonase lo mismo para el elegante siglo de Mozart que para el romántico siglo verdiano. Ello nos hurtó ese esmero que ogaño se pone en interpretar el barroco sin vibratos, con la cuerda afinada en tonos antiguos y frotada en escuetas volutas, pero le dio unidad al panorama sonoro de la ópera europea durante más de dos siglos, lo cual resultó más que idóneo para una noche en la que se conmemoraban los tres cuartos de siglo de esa música perenne, negro sobre blanco, que renueva su compás cada mañana y que es nuestro periódico IDEAL.