El 'latin king' del mambo
El puertorriqueño Ricky Martin puso a bailar a las más de 8.000 personas que acudieron a su concierto en el Palacio de Deportes
Es el rey. Sin la menor duda el antiguo cantante de Menudo es el ‘jefe’ del circuito latino; él se lo inventó, y en lo que nos toca ahí queda su lleno desde hace días en Granada o la búsqueda de recintos más grandes en algunas ciudades españolas para esta gira de ‘reencuentro’, sobre todo con el público sureño al que tenía abandonado desde aquel verano de ‘María’, hace una década. Pero es un rey especial, pegado al suelo a través de su fundación (www.rickymartinfoundation.org) con la que financia campañas infantiles en el Tercer Mundo, contra el sida en EE UU, la explotación sexual y la inmigración en diversos países hispanoamericanos y suministra becas médicas. Vive la vida loca, pero también la real. Además, no tiene problemas en visitar lugares en los que jamás se ha montado un espectáculo como el suyo, sea Motril hace años o Almendralejo ahora. Pocos ‘reyes’ están tan cerca de su gente. Todo vendido (aunque había sitio dentro), una temperatura asfixiante dentro, en las últimas gradas todo bikinis, torsos desnudos y ‘perreo’ y gente en todas las puertas dispuestos a intentar escuchar algo desde la calle y ver cualquier cosa por las pantallas. Ese es el panorama que se encontró nada más salir para pisar el símbolo de ‘haz el amor y no la guerra’ que decoraba el escenario. Maestro de Bisbal Hace una semana comprobábamos como Bisbal quiere ser de mayor como Ricky Martin, pero le queda mucho, porque el puertorriqueño es quien ha diseñado cómo debe de ser un artista ‘latino’, y cómo deben hacerse sus conciertos: grandilocuentes, festivos, impactantes y con todos los ombligos a la vista, un matiz tórridamente erótico en el que él ha llegado más lejos que nadie utilizando estética casi de cine porno en algunos vídeos. Por 35 euros los 8.000 espectadores del Palacio de Deportes compraron dos horas de concierto, el trabajo de once músicos y ocho bailarines y un descomunal montaje técnico, que, y es un valor añadido de viejo zorro, no le resta ningún protagonismo al puertorriqueño, estrella casi por momentos de una película de ciencia ficción entre tanto aparataje con rampas deslizantes, prolongadores, andamios de luz, suelos móviles, plataformas escamoteables, bengalas, fuegos artificiales y todo tipo de efectos especiales. Estructuras por donde deambula con un sereno aplomo, una sorprendente tranquilidad fotogénica en ese rostro diseñado con escuadra y cartabón, y palabras que sugerían una sorprendente espiritualidad en medio de tanta carne sudorosa bailando. Elementos opuestos, ‘yin y yan’ de esta gira de nombre ya contrastado: ‘Blanco y negro’. Casi todo chicas Todo comenzó con ‘Pégate’, incitación a la cercanía entre el clamor popular (mejor ‘clamora populara’, porque eran casi todo chicas, señoritas, señoras y hasta abuelas de las primeras. («Huelo a hormona de mujer», decía una compañera de otro medio). Con ese tema salieron todos en tromba al escenario y subiéndose por el decorado al ritmo del estribillo: «por arriba y por abajo…». Con ‘This is good’ se pudo comprobar su buen inglés, antes de descubrir que musicalmente también es muy viajado, y al lado de la resultona clave cubana introduce tambores indostaníes, imágenes de Shivas contorsionistas y ritmos de capoeira, porque si algo tiene este concierto es ritmo, y ritmo cada vez más inmediato, físico y tribal. También nos confirmó que tiene un buen ‘fondo de armario’ ya que por lo menos se cambió de vestuario media docena de veces (aunque lo que mayores suspiros producía no era cuando se vestía sino cuando se desnudaba: unos cuantos ‘Rickys Martines’ subvencionados y subía el índice de natalidad más que con los 2.500 euros de estos días). De pronto, por una agujero en no se sabe dónde apareció vestido a lo Blues Brothers para cantar ‘Revolución’, hecha un rock and roll, ‘It’s all right’ y la esperada ‘Livin la vida loca’, que él cantaba en inglés mientras que el público, haciendo patria, traducía simultáneamente al español. Frenazo en seco Por aquello de que su último disco es un ‘acústico’, a mitad de su concierto frenó en seco para retomar fuerzas (un decir porque está cuadrado de gimnasio), cantando ‘Gracias por pensar en mí’, ‘Fuego de noche, nieve de día’ y ‘She is all I ever has’, esta última tan solo con piano de acompañamiento, con una estampa que es propiedad de Luis Miguel, otro que tal. Llegado ese momento de pausa aprovechó la atención capturada del público para recordar su compromiso vital y humanitario e invitar a compartirlo: «Se hace difícil caminar por el lado optimista de la vida, pero viendo el estado del mundo lo primero que hay que dar gracias cada mañana es por estar vivo», mientras proyectaba en las pantallas algunas frases de autoayuda que ni Jorge Bucay («cambia tu vida», «la paz nace en ti», «sé dueño de ti», etc). Fue el engarce para dos temas explícitamente comprometidos como ‘Somos la semilla’ y ‘Asignatura pendiente’, cantado este sentado sobre la gente al borde del escenario. Pero las reglas del espectáculo obligan a terminar un concierto en otro tono más alto, y los ‘loops’ de ‘Drop it on me’, sin solución de continuidad con ‘Lola, Lola’ pusieron de nuevo al público a sudar. Enfilando en el momento de escribir esta crónica un final que suele hacer con ‘La bomba’ y ‘La copa de la vida’, aquel himno del mundial de fútbol que hizo del musculado puertorriqueño una estrella global: fue número uno en setenta países. Tras cinco años sin conciertos, en los que además sopesó la posibilidad de abandonar la música y dedicarse a labores filantrópicas (sí, lo ricos también lloran). Ricky Martin ha regresado al trono del directo, y lo ha hecho a lo grande, con un concierto enorme, popular y compartido. Está claro que sigue siendo el rey. El genuino ‘latin king’ del mambo.JUAN JESÚS GARCÍA | GRANADA